El pasado 17 de marzo estuvimos en la Uniagustiniana con la conferencia “Sumercé no es creativo porque no quiere”, un espacio que reunió a estudiantes de distintas carreras, docentes y personal administrativo alrededor de una conversación que normalmente se malinterpreta, la creatividad.
Desde el inicio, la intención fue clara. No hablar de creatividad como talento o como algo reservado para unos pocos, sino como una capacidad que se puede desarrollar, entrenar y, sobre todo, usar de manera práctica en el día a día.
La conferencia no fue un espacio pasivo. A lo largo de la jornada trabajamos con dinámicas interactivas que obligaban a pensar, a cuestionar y a salir de las respuestas automáticas. Más que escuchar, los participantes tuvieron que involucrarse, tomar decisiones y enfrentarse a la forma en que normalmente abordan los problemas.
Ahí empezó a aparecer algo interesante. Muchas veces no es que falte creatividad, sino disposición para pensar distinto. Nos acostumbramos a responder rápido, a quedarnos con lo primero que aparece y a no profundizar. Y en ese proceso, la creatividad se bloquea.
A medida que avanzaba el espacio, la conversación fue cambiando. La creatividad dejó de verse como algo abstracto y empezó a entenderse como una herramienta concreta para resolver problemas, tomar mejores decisiones y adaptarse a entornos cada vez más cambiantes.
También se hizo evidente que cuando se generan estos espacios, las personas responden. Participan, cuestionan y conectan con lo que están haciendo. Eso demuestra que el interés está, solo necesita un contexto adecuado para activarse.
Nos fuimos con una idea clara. La creatividad no es un privilegio, es una responsabilidad. Y hoy, en un entorno donde la tecnología avanza cada vez más rápido, pensar sigue siendo una ventaja.